No recuerdo una campaña presidencial en la que un candidato haya mudado radicalmente de discurso para no asustar al electorado con su credo extremista, mostrándose como algo que no es. Algún asesor de la campaña de Gustavo Petro debió advertir que, con tantos tiros en el pie, el candidato se exponía a un naufragio en primera vuelta, y que la única manera de ganar en segunda sería ponerse piel de oveja y una caperucita roja. Petro se cree el Moisés que partirá las aguas para liberar al pueblo oprimido y ahogar las huestes del faraón. En el colmo del delirio, recibió las tablas de la ‘ley’ del Yahvé lituano y la serpiente del paraíso; esa que dijo “nadie olvidará que Petro fue el primero que trajo a Chávez a Colombia” Alguien que ahora puede decir hasta misa, pero que en el pasado ha advertido que hará la revolución desde el poder y que se quedará atornillado hasta conseguir su cometido.