agosto 31, 2023

Oposición novata

El contexto actual del país nos ha puesto en una situación retadora. Luego de muchos años, aquellos que defendemos las libertades, la confianza nacional e internacional, los avances sociales alejados del populismo, nuestro sistema de salud y pensión y la preservación del modelo económico, estamos del lado de la oposición. Con la victoria cerrada de Petro, muchos asumimos la responsabilidad de debatir el llamado cambio desde la argumentación justificada y el control político serio y responsable.

El actual presidente y su movimiento llegaron a la Casa de Nariño con el impulso discursivo del mandatario de que todo iba a ser diferente. Alejarse de la política tradicional, gobernar con la gente y hacer innumerables reformas sociales. Moviendo masas con pasiones y promesas que muchos sabíamos, desde antes, no iba a cumplir. Diez meses después, las acciones del Gobierno nacional nos han dado la razón. Pero ¿cuál es realmente el reto que tiene hoy la oposición en Colombia?

Durante muchos años hemos visto que quienes asumen este rol se han caracterizado por la violencia de distintas formas: verbal, física, religiosa y cultural. Se ha caído en la ofensa como mecanismo de discusión apelando a las burlas por las creencias, por el aspecto físico, por la profesión y, en mayor medida, la primera línea en cada marcha, vandalizando e irrespetando a la fuerza pública y a la ciudad.

El contexto actual del país nos ha puesto en una situación retadora. Luego de muchos años, aquellos que defendemos las libertades, la confianza nacional e internacional, los avances sociales alejados del populismo, nuestro sistema de salud y pensión y la preservación del modelo económico, estamos del lado de la oposición. El pasado 7 de agosto, con la victoria de Gustavo Petro, muchos asumimos la responsabilidad de debatir el llamado cambio desde la argumentación justificada y el control político serio y responsable.

El actual presidente y su movimiento llegaron a la Casa de Nariño con el impulso discursivo del mandatario de que todo iba a ser diferente. Alejarse de la política tradicional, gobernar con la gente y hacer innumerables reformas sociales. Moviendo masas con pasiones y promesas que muchos sabíamos, desde antes, no iba a cumplir. Diez meses después, las acciones del Gobierno nacional nos han dado la razón. Pero ¿cuál es realmente el reto que tiene hoy la oposición en Colombia?

Durante muchos años hemos visto que quienes asumen este rol se han caracterizado por la violencia de distintas formas: verbal, física, religiosa y cultural. Se ha caído en la ofensa como mecanismo de discusión apelando a las burlas por las creencias, por el aspecto físico, por la profesión y, en mayor medida, la primera línea en cada marcha, vandalizando e irrespetando a la fuerza pública y a la ciudad.

Con toda esta baraja que nos ofrece el gobierno del Pacto Histórico, hay que ser inteligentes al momento de hacer oposición. El racismo, la discriminación y la violencia no pueden ser la característica de quienes los cuestionamos. Las últimas marchas, donde se refleja la oposición ciudadana de un gobierno que no es de las mayorías como ellos afirman, han reflejado la decencia de todos los que pueden salir y manifestar una posición contraria sin romper vidrios, atacar entidades o enfrentar a la fuerza pública. La integridad ha caracterizado a esos más de 10 millones de ciudadanos que no votaron por esta apuesta política.

Esta también es una responsabilidad que recae sobre sus representantes en el Congreso. Tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado de la República se vive a diario la inexperiencia de una coalición creada de manera tramposa y acomodada, que ha utilizado y replicado jugaditas que en el pasado cuestionaba. Es en ese escenario político y democrático donde también la fuerza electoral de la oposición debe hacerse sentir, pero siempre con argumentos. Los controles políticos deben apelar a las inmensas fallas institucionales y constitucionales que se han venido realizando. Deben ser fuertes, claros y concisos en transmitir mensajes de rechazo e impedir el abuso de poder que sistemáticamente el presidente intenta poner sobre el país para lograr las cosas que la democracia no le permite.

Nosotros no somos los violentos. No somos aquellos que recurren a la intransigencia de un comentario vacío sobre el físico de otros, sobre su color de piel o sobre su orientación sexual para demostrarles a los electores de este desgobierno y reafirmar, en los que siempre supimos que el cambio era una mentira, que esta fue una mala decisión y que nos va a costar mucho como país. La importancia de una oposición articulada capaz de argüir las falencias diarias de este mandato es lo que reflejará realmente un verdadero cambio. El de la forma de hacer oposición y la defensa del país democrático que tantos años nos ha costado construir.