El contexto político del país se manifiesta en un tono completamente surrealista, bandeándose entre legalismos y realidades oníricas; y aunque se ha descrito, denunciado y varias veces diagnosticado, parece poco importarle al grueso de la población como síntoma de una posverdad delirante. Recuperemos la cordura. Ciertamente, frente al escenario confuso, unas veces apático, otras eufórico, estamos apreciando el empobrecimiento del debate político, sumidos en el enardecimiento de la opinión pública, cada vez más proclive a la radicalización y a la renuncia de los consensos, lo que sin duda facilita la división social en sectores. Otrora este mismo problema se manifestó entre realista y republicanos; rojos y azules; comunistas y capitalistas… y hoy se ha caído en el enturbiado debate de la izquierda y derecha.
En Colombia se está promoviendo un fanatismo político que cabalga sobre populismos vergonzantes cuyo principal síntoma es el caudillismo, soportado sobre la base de la negación, la paranoia y la cancelación (ciega, sorda, muda), menudo frenesí hacia la pérdida de la razón, cual hoyo negro que condiciona las demás áreas del saber (derecho, periodismo, pedagogía, historia, milicia…) entre otros, caminando hacia la desprofesionalización: dime tu partido político y te diré cuánto sabes, y que obliga a leer con mucha precaución y “pinzas” a quién escribe, desde dónde lo hace y con qué intención, agudo debate sobre la sobreestimación del saber político y su superposición sobre otras áreas del conocimiento. No olvidemos que las peores guerras han tenido como escenarios a sociedades extremadamente politizadas, donde reina el negacionismo y el fanatismo. Los políticos pueden andar sin yóquey, pero las sociedades no pueden perder los estribos.
La polarización y de ficticias e insalvables diferencias, es fácil olvidar en lo que estamos de acuerdo; y es que en el siglo XXI los problemas sociales son diferentes a los del siglo XX y, por ende, la praxis política también debe serlo. En ese falso dilema de las derechas y las izquierdas, se ignora lo elemental: que hay un interés de beneficio común en el que difícilmente discrepamos y que su mejor medidor son los hechos y no los discursos. Quizá por nuestra cultura negociante y habladora, inconscientemente preferimos los cantos de sirena por sobre los hechos, y gordianas discusiones sobre los medios y no los fines.
Así entonces, ¿requiere realmente la sociedad definirse políticamente entre dos o tres bandos? O será que la realidad no exige ropaje político, colores o banderas, sino que debe estar subordinada a lo inobjetable, lo fundamental: ¿acaso alguien duda de la necesidad de avanzar en la universalización y calidad de la salud o la educación? O de las acciones en contra de la corrupción; incluso de las medidas en pro de la corrección de la desigualdad; o del crecimiento sustentable de la economía; o de la modernización del aparato productivo; la promoción de la cultura y las artes; del desarrollo medioambientalmente sostenible; o de la necesidad de garantía de condiciones de seguridad para la vida, entre otros. Por supuesto que sobre esto hay más pragmatismos que discursos y nos han querido politizar todas las discusiones, incluso temas tan generales como la seguridad publica están excesivamente sobrecargados con precondicionamientos ideológicos y antitécnicos que minan e imposibilitan lo fundamental, y es la lucha contra el caos y la inseguridad.
Es fácil entender que en las sociedades se presenten debates y diferencias, propias del cambio de los tiempos (uso de drogas, sexualidad, modelos educativos…) que son naturales y que toleran el debate, el disenso y la polarización, pero esto no es óbice para que se totalice el debate y se pierda más tiempo ahondando en diferencias que solucionando problemas. Pensando en bloque y huyendo a lo relativo. Estos dilemas sobre la vida y las sociedades son cuestiones técnicas (estrategia, recursos, planeación…) y no necesariamente problemas políticos/ideológicos, muchos de ellos anquilosados, improductivos y estériles. ¿Pero las ideas siempre liberan? Ciertamente no, varios políticos están atados a ideologías y precondicionamientos que no les permite pensar con lógica pragmática y los lleva a tener una deuda con ideas y sectores particulares que los paraliza e impide consensuar y, sobre todo, ser flexibles para responder a los problemas del hoy y no a los de los libros de historia. Hay que huir de los líderes políticos apegados al manual doctrinario, que no ven que estamos en una sociedad contemporánea y global que premia el pragmatismo y los hechos.
En las redes sociales y aulas académicas de todos los niveles, es notoria la pobreza conceptual, en la que la inmensa mayoría no entiende nada, o casi nada, sobre conceptos ideológicos como la “derecha “o la “izquierda” (y todos los matices entre ellas). Y ni qué decir de argumentos con algún contexto histórico o teórico, aun así, su sola mención condiciona vidas, realidades y causa todo tipo de dramas políticos, familiares y sociales, ¿pero acaso alguien sabe qué implica y qué simboliza esto? O peor aún, ¿cuál es el significado concreto de esto en el siglo XXI? Ciertamente, es una discusión compleja, entre otras porque no son conceptos estáticos, sino que han experimentado cambios en el tiempo y hoy día son causa de extensos debates en las facultades de ciencia política e historia. Al final del día, muchas personas rasgan sus vestiduras por asuntos que no entienden muy bien y que condicionan sus entornos. ¿Pero vale la pena el mesianismo sin reservas? Por supuesto que no, por ejemplo, a lo largo de la historia se ha comprobado corrupción en líderes de todos los espectros políticos (porque es una condición humana y no partidista) y, aun así, el llamado y la acción contra la corrupción debe ser general, unívoco y permanente. ¿Acaso creer en una idea o ideología, per se, implica una purificación o satanización de una persona?
La aparente discrepancia entre el binomio teoría/pragmatismo está encerrada a una renuncia implícita del criterio, en donde se debe pensar en “bloque”, so pena de ser un “tibio” o incoherente; es decir, si crees en una cosa o causa debes aprobar todo lo demás. Pensar en “paquete”, si te gusta el ecologismo por inercia debes apoyar: el aborto; “resistir” marchando; el revisionismo histórico; el socialismo/comunismo; las causas insurgentes, el anticapitalismo… entre otras, so pena de ser catalogado como “facho” (otro concepto supremamente prostituido). Todo esto atenta contra el criterio y en particular a la opción de acordar en unas cosas y disentir en otras, a opinar con criticismo, evaluando cada situación caso a caso, una a una, entendiendo que la realidad es compleja y entrelazada y que la vida y las sociedades no se desarrollan bajo “paquetes” ideológicos o agendas preconcebidas, sino que la misma complejidad humana nos conlleva a que alguna idea-reforma nos guste y otra, no, sin que eso implique absolutamente nada malo o bueno. Escuchamos a gritos el reclamo por enseñar con sentido crítico, pero hay escándalo cuando se ejerce su uso libre y no condicionado.
¿Acaso importa la ideología? Es claro que la mayor diferencia puede estar en los fines; sin embargo, hay demasiada discrepancia en los modos. Al final, el pensamiento occidental nos ha conducido a reconocer valores comunes como el respeto a la vida; la salud y vejez digna, acceso a la vivienda, acceso a la educación, seguridad y en general reconocimiento y respeto por los derechos humanos y fundamentales. Sin embargo, al final parece que hubiera una diferencia insalvable entre las colectividades políticas y que la enemistad partiera de deseos completamente opuestos. Aun así, al revisar en detalle, muchas de las “insalvables diferencias” se sitúan en las formas y no el fondo. ¿Estamos más de acuerdo que en desacuerdo y nos negamos a admitirlo?
Resulta pues que es no solo válido, sino deseable, que las personas tengan un criterio diverso, sobre variados temas, incluso los más complejos y no por ser es “vendido” o “ambiguo” o mucho menos ignorante. Por ello es importante revindicar la posición de lo relativo y, de alguna manera, de lo intuitivo. Las ciencias humanas han transitado el último siglo del método estricto del positivismo al reconocimiento de las singularidades y las subjetividades. Sabido es que todos estamos condicionados por un grupo de características que nos determinan y que nos llevan a que algunas cosas nos parezcan bien y otras no.