Hay múltiples investigaciones que explican el porqué de este fenómeno tan nocivo para el futuro. La pandemia, desde luego, acentuó el problema, así como la cadena de crisis económicas que se han ido dando en este siglo. Los gobiernos, ya sean de derecha, de izquierda o de centro, no han dado con la solución estructural que nos muestre la luz al final de túnel. No obstante, los jóvenes tampoco es que pongan mucho de su parte.
Y justo de esto último es de lo que trata esta columna, de lo poco que estos jóvenes están haciendo para que esto cambie. Sus papás tampoco se salvan de la crítica. Si bien es cierto que las oportunidades laborales no abundan hoy, y que los sueldos tampoco son como para tirar cohetes al aire, en el momento en el que se le abre una puerta de trabajo a un joven, este resulta siendo un fiasco, principalmente por su falta de compromiso y su permanente victimización.
Exigirle compromiso hoy a un trabajador que tenga entre los 20 y 30 años constituye una vulneración de sus derechos, un maltrato humano. Pedirle orden y que haga caso es coartarle su libertad y derecho al libre desarrollo de su personalidad. Sugerirle que trabaje un fin de semana porque hay una entrega de última hora es esclavizarlo. Y así podríamos hacer todo un tratado. Al joven de hoy es imposible hablarle. Son sus condiciones, y punto. Si no vas con ellas, te boicotean el trabajo. ¿Cómo llegamos a esta situación? Difícil apuntarle a una causa específica, pero el mundo digital es sin duda alguna uno de los primeros causantes del embobamiento generalizado que se apoderó de este segmento de la población, que es el futuro de nuestra sociedad, un futuro que recaerá en manos de personas muy proclives a la queja, al lamento, a la falta de compromiso y con cada vez menos capacidades de discernir, analizar y pensar.
No todo es culpa de los jóvenes. Los padres de estos también son responsables de lo que está sucediendo. Principios básicos como la lectura, por encima del consumo de televisión, de ciertas reglas del hogar como el respeto, el diálogo y el compromiso, dejaron de enseñarse en casa. Lo de hoy es peor, padres que para que sus hijos estén tranquilos les dan el celular o una tableta para que se queden como autómatas sentados en una mesa. Todo eso va sumando en la construcción de un segmento poblacional que vive un mundo alternativo alejado de lo que la realidad necesita.
A los oportunistas de izquierda, que también se han encargado de abonar este terreno de mediocridad, a punta de irresponsables promesas, les servirá como artillería para afinar su discurso populista. Pero la realidad no deja de ser una: trabajar con los jóvenes de hoy es muy difícil. Claro que hay excepciones, pero esos jóvenes destacados, y que quieren destacar, son bien escasos. Solo hay que pasarse por las clases de pregrado para ver cómo se preparan. Profesores esmerándose en enseñar mientras muchos de ellos están en clase pegados del celular. Otro tanto que siquiera se ha leído un libro en su vida, y no precisamente por falta de acceso.