Como Pedro con Jesús, Petro vuelve a apartarse de su hijo de la manera más cobarde.
Y enseguida cantó el gallo. Y Pedro se echó a llorar amargamente. Había negado a Jesús tres veces seguidas y moría de arrepentimiento. Primero lo negó delante de todos, después bajo juramento y luego maldiciendo. Cobardía que su propio maestro le había profetizado en la última cena, anticipándose a la puñalada de su apóstol y escudero.
Así tiene que estarse sintiendo Nicolás Petro. Hijo mayor de Gustavo Petro, capturado este fin de semana por presunto lavado de activos y enriquecimiento ilícito, convertido en el primer hijo de un mandatario en la historia de Colombia en ser detenido. Estando frente al sanedrín de la Fiscalía, es desconocido por su progenitor, quien le clava cobardemente el cuchillo. “Que reflexione sobre sus propios errores”, escribió en X (Twitter), intentando apartarse de su primogénito y del juicio penal que se le avecina. El efecto es explosivo, devastador, expansivo. La frase es de una frialdad paternal pasmosa. Y, lo más grave de todo, va manchada de un severo juicio, con el que termina enlodando y hundiendo más a su propio hijo.
Al escribir su padre “que reflexione sobre sus propios errores”, está partiendo de la base de que Nicolás ya cometió un error. ¿No se supone que toda persona es inocente hasta que se le demuestre lo contrario? ¿Está admitiendo que su hijo cometió delitos? ¿Está diciendo que Nicolás Petro recibió millonarias sumas de dinero de exnarcotraficantes y exparas para financiar su campaña presidencial en la Costa colombiana? ¿Le cree más a su exyerna, la delatora Days Vásquez, que a la propia sangre de su sangre?
Por salvarse políticamente, Gustavo Petro intenta nuevamente desmarcarse del escándalo de su hijo. Ya lo había hecho hace unos meses con el “yo no lo crie”, echándole toda la culpa a la mamá y lavándose las manos de cualquier responsabilidad en la formación de Nicolás. Infamia que volvió a repetir este fin de semana, cuando lo invitó a “reflexionar sobre sus propios errores”, buscando desmarcarse del comportamiento de su hijo y salvar su propio pellejo. Pero Gustavo Petro sí tiene velas en ese entierro. Hace cuatro años, el Presidente presentó a su hijo como el candidato del Pacto Histórico a la gobernación del Atlántico. Aval para la gobernación que vino acompañado de un chorro de credenciales de supuesta buena educación: “Los invito a votar por la decencia”, dijo Gustavo Petro mientras levantaba la mano de su hijo en una tarima de Soledad, Atlántico.
Guiño familiar para su apóstol en la Costa que hoy parece olvidar el Presidente tras la captura de su hijo y ante una posible condena de 30 años de prisión. ¿Cómo puede ahora soltarle lamano, negarlo frente a la opinión pública, condenarlo anticipadamente por sus errores e invitarlo simplemente a reflexionar?
Instantes de desencanto, de negación paternal, dolor en las fibras más íntimas del alma de un hijo que se estrella una y otra vez contra la indiferente y áspera realidad. Trama de rabia contenida, camarilla de criaturas mezquinas, arrebatos de un padre que no disimula sus intentos de mostrarse seco, gélido, impávido y glacial. Estilo que contrasta con la candidez y cariño que profesó tras la salida de Irene Vélez y de Laura Sarabia, también por escándalos que bordean el Código Penal.
Y enseguida cantó el gallo.