noviembre 01, 2023

Decadencia petrista

Asombró a los politólogos el gran avance del uribismo ganando Antioquia, Medellín y Cali y eligiendo siete concejales en Bogotá, donde los extraviados de la belicosa primera línea les rasgaban las vallas y propaganda. Gran antipatía creó la vicepresidenta Francia Márquez con sus viajes en el helicóptero y que paseara por el planeta. Y lo peor: que a los críticos de su despilfarro les respondía burlonamente: “Si no les gusta que yo use helicóptero, de malas”, y les encimaba una irónica ñapa: “si le molesta que yo viaje a París, Londres y al África, de malas”.

Que el presidente Petro y su hijo amado, el petrismo, pierda dos millones de votos en Bogotá fue alta sorpresa, no calculaban tamaño desastre con 515 días gobernando. Me dice Martín Muñoz desde Cali que el triunfo de Alejandro Eder fue por capaz, por su vida limpia, por serio opinando, por el desprecio de los caleños al matonismo incendiario de la primera línea, allí tan protegida por el alcalde Ospina.

Jugó en contra del petrismo la antipatía que creó la renunciada ministra de petróleos, doña Irene, con sus odiosas frases sobre los expertos petroleros. Otra personalidad que aportó antipatías fue la doctora Corcho ninguneando a las EPS, y ni hablar de la parlamentaria María José Pizarro, que repitió desafiante 187 frases despectivas hacia el anti-petrismo. Lo dijo el sabio Woody Allen: “Quien crea antipatías recibe voto castigo”.

A los derrotados les recuerdo que Salvador Allende, Belisario Betancur y Mitterrand llegaron a la presidencia después de tres derrotas. Perdedor el domingo, el trío compuesto por Armando Benedetti, el embajador Roy y el candidato Bolívar, que por TV admitió: “Soy el candidato del Gobierno”. Y Galán le sacó 700.000 votos. Y para el cívico Salvo Basile, un abrazo cariñoso.

“Estoy muy viejo para llorar y me duele mucho para reír”
Adele Stevenson

septiembre 15, 2023

Los intocables

Es un hecho cierto que la política actual no es la misma que la de antes, la hipercomunicación de la sociedad, y en particular de la juventud, ha conllevado a que las ideas actúen con tendencias y que la opinión va al ritmo del oleaje, lo que implica que con dificultad algún sector político puede abanderarse o embolsillarse como cheque en blanco a la población o la juventud, ya que estos son susceptible a las redes sociales y la “opinión pública”. Máxime en tiempos de posverdad y en que lo verídico no pasa por el criterio de lo objetivo, sino por lo que se vende mejor y se viraliza más rápido (lo que no es mejor ni peor, simplemente diferente).

Ciertamente, nuestros tiempos nos invitan a quitar algunas barreras “intocables” en la teoría y administración pública. Se puede ser de “derecha” y plantearse debates sobre el modelo económico y las nefastas concentraciones de riqueza o de tierras que el sistema facilita y no por eso hay traición. Se puede ser de “izquierda” y reconocer que las insurrecciones armadas en el siglo XXI no tienen ningún efecto positivo y que su legado ha sido de muerte destrucción y desplazamiento y que no vale la pena seguir legitimando las armas como un medio de transformación social, y no se está traicionando a nadie. ¿Acaso la condicionante moral impide que por ser de “izquierda” o “derecha” no se puede denunciar los crímenes del copartidario o se debe esconder, relativizar o suavizar sus responsabilidades? De manera que la política no es religión y sus ideas no son perennes, sino que pueden ser repensadas y moldeadas según el contexto histórico, social y político de cada época.

Entre tanta polarización se ha olvidado que el rol del elector no es el de defender a ultranza a un líder o un grupo de líderes políticos, ya que son humanos y por definición son imperfectos. Lo que requiere que la persona más crítica deba ser quien votó y eligió a su gobernante, ya que este está en deuda y comprometido con una visión social y unas medidas administrativas concretas. El rol del elector no es actuar como una “barra brava” o un cheque en blanco que debe defender a su mecías; por el contrario, es su mayor crítico y veedor. Menos mesianismos y caudillismos y más rendición de cuentas. “Por sus hechos los conoceréis”.

Hoy parece irracional lo que antes era norma, hay que rescatar valores elementales como el escuchar, el consensuar, respetar, no estigmatizar, evitar la violencia física y verbal, y en general actuar con sentido humanístico y social… Al final los gobiernos están hechos para gobernar con atisbo y en procura del bien común, no para pontificar o imponer agendas político/ideológicas.

Así pues, hay un llamado a los líderes políticos que están enjaulados en una serie de compromisos y ataduras político/ideológicas que no los deja pensar con libertad; si bien los partidos, las ideas y las colectividades son necesarias, no son camisas de fuerza, al final la administración del Estado procura el beneficio común y no el seguimiento de manuales o libretos.

¿está el sujeto condicionado a sus ideas, o las ideas al sujeto?, ¿estamos ante una guerra cultural?, ¿soft power o movimientos de masas?, ¿es la educación un antídoto contra el caudillismo?

septiembre 04, 2023

Informalidad laboral

Colombia presenta indicadores sociales peores que los de América Latina, que son bastante pobres de por sí. El desempleo en Colombia afecta al 10,5 % de la fuerza de trabajo, contra el 6,7 % del subcontinente. La informalidad es igualmente abrumadora pues envuelve al 57,5 % de la población activa, mientras que el promedio de la región es del 51 %.

Las razones son múltiples, comenzando por un desequilibrio estructural entre población y acumulación de capital o entre oferta y demanda de trabajadores. La herencia hispánica que todavía permea la calidad de las instituciones de gobierno de América Latina constituye otra razón para que la informalidad sea excesiva. El crecimiento económico ha sido insuficiente para absorber a la población que fue expulsada del campo por razones económicas o de seguridad y que se refugió en los barrios miseria de las ciudades. Los que encontraron trabajo formal, un 40 % del total, pudieron instalarse en barrios que contaron con servicios públicos de buena calidad y con medios de transporte accesibles. La mayoría fue mejorando sus viviendas paulatinamente, utilizando su propio trabajo, el de vecinos o empresas que surgieron para atender sus demandas. El 60 % restante tuvo que depender de trabajos que no ofrecían seguridad social de ningún tipo, ni salario mínimo, ni primas, ni vacaciones sino el pago por jornada cumplida y atendiendo las necesidades mínimas de sobrevivencia del trabajador.

Las políticas públicas empeoraron la situación pues los legisladores decidieron que toda la seguridad social debía ser financiada entre patrones y trabajadores. Era la forma de mantener el raquitismo del gobierno central, la baja tributación de sus ciudadanos más ricos y su incapacidad para enfrentar los retos del bienestar de la población y del desarrollo económico. Aunque se tomaron algunas medidas para reducir las cargas contra la nómina en el pasado, sobre todo con la reforma de 2012 que redujo del 60 al 30 % los aportes de la nómina, todavía hoy los patronos deben desembolsar esa proporción adicional sobre el valor de sus nóminas, incluyendo rubros que no tienen que ver con el mercado de trabajo, como las parasitarias cajas de compensación (¡4 % de la nómina!); el Instituto de Bienestar Familiar, administrado frecuentemente por damas de la sociedad (3 %), y el clientelizado SENA (3 %), que no parece tener efecto sobre la productividad de sus egresados. Entre tanto, los trabajadores aportan el 9 % de su salario, distribuido en un 4 % para salud, otro 4 % para pensión y un 1 % de solidaridad. En otros países más ilustrados, el Estado saca de su presupuesto partidas suficientes para financiar la seguridad social y así favorece la contratación laboral y ayuda a bajar el desempleo.

La administración Petro ha escuchado a las centrales obreras que se benefician con el statu quo de los parafiscales que se erigen como fuertes barreras a la entrada de nuevos trabajadores a los empleos potenciales. No parece estar en el horizonte del Gobierno la introducción de cambios que reduzcan los costos de contratación y que, por lo tanto, amplíen el empleo que genera la economía. Una política verdaderamente progresista reduciría al máximo todos estos aportes parafiscales, que tienen efectos nocivos sobre el mercado de trabajo y sobre la calidad de vida de los trabajadores, y los remplazaría por tributos a la renta. Se podría aliviar así la enorme informalidad que nos agobia.

agosto 31, 2023

Oposición novata

El contexto actual del país nos ha puesto en una situación retadora. Luego de muchos años, aquellos que defendemos las libertades, la confianza nacional e internacional, los avances sociales alejados del populismo, nuestro sistema de salud y pensión y la preservación del modelo económico, estamos del lado de la oposición. Con la victoria cerrada de Petro, muchos asumimos la responsabilidad de debatir el llamado cambio desde la argumentación justificada y el control político serio y responsable.

El actual presidente y su movimiento llegaron a la Casa de Nariño con el impulso discursivo del mandatario de que todo iba a ser diferente. Alejarse de la política tradicional, gobernar con la gente y hacer innumerables reformas sociales. Moviendo masas con pasiones y promesas que muchos sabíamos, desde antes, no iba a cumplir. Diez meses después, las acciones del Gobierno nacional nos han dado la razón. Pero ¿cuál es realmente el reto que tiene hoy la oposición en Colombia?

Durante muchos años hemos visto que quienes asumen este rol se han caracterizado por la violencia de distintas formas: verbal, física, religiosa y cultural. Se ha caído en la ofensa como mecanismo de discusión apelando a las burlas por las creencias, por el aspecto físico, por la profesión y, en mayor medida, la primera línea en cada marcha, vandalizando e irrespetando a la fuerza pública y a la ciudad.

El contexto actual del país nos ha puesto en una situación retadora. Luego de muchos años, aquellos que defendemos las libertades, la confianza nacional e internacional, los avances sociales alejados del populismo, nuestro sistema de salud y pensión y la preservación del modelo económico, estamos del lado de la oposición. El pasado 7 de agosto, con la victoria de Gustavo Petro, muchos asumimos la responsabilidad de debatir el llamado cambio desde la argumentación justificada y el control político serio y responsable.

El actual presidente y su movimiento llegaron a la Casa de Nariño con el impulso discursivo del mandatario de que todo iba a ser diferente. Alejarse de la política tradicional, gobernar con la gente y hacer innumerables reformas sociales. Moviendo masas con pasiones y promesas que muchos sabíamos, desde antes, no iba a cumplir. Diez meses después, las acciones del Gobierno nacional nos han dado la razón. Pero ¿cuál es realmente el reto que tiene hoy la oposición en Colombia?

Durante muchos años hemos visto que quienes asumen este rol se han caracterizado por la violencia de distintas formas: verbal, física, religiosa y cultural. Se ha caído en la ofensa como mecanismo de discusión apelando a las burlas por las creencias, por el aspecto físico, por la profesión y, en mayor medida, la primera línea en cada marcha, vandalizando e irrespetando a la fuerza pública y a la ciudad.

Con toda esta baraja que nos ofrece el gobierno del Pacto Histórico, hay que ser inteligentes al momento de hacer oposición. El racismo, la discriminación y la violencia no pueden ser la característica de quienes los cuestionamos. Las últimas marchas, donde se refleja la oposición ciudadana de un gobierno que no es de las mayorías como ellos afirman, han reflejado la decencia de todos los que pueden salir y manifestar una posición contraria sin romper vidrios, atacar entidades o enfrentar a la fuerza pública. La integridad ha caracterizado a esos más de 10 millones de ciudadanos que no votaron por esta apuesta política.

Esta también es una responsabilidad que recae sobre sus representantes en el Congreso. Tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado de la República se vive a diario la inexperiencia de una coalición creada de manera tramposa y acomodada, que ha utilizado y replicado jugaditas que en el pasado cuestionaba. Es en ese escenario político y democrático donde también la fuerza electoral de la oposición debe hacerse sentir, pero siempre con argumentos. Los controles políticos deben apelar a las inmensas fallas institucionales y constitucionales que se han venido realizando. Deben ser fuertes, claros y concisos en transmitir mensajes de rechazo e impedir el abuso de poder que sistemáticamente el presidente intenta poner sobre el país para lograr las cosas que la democracia no le permite.

Nosotros no somos los violentos. No somos aquellos que recurren a la intransigencia de un comentario vacío sobre el físico de otros, sobre su color de piel o sobre su orientación sexual para demostrarles a los electores de este desgobierno y reafirmar, en los que siempre supimos que el cambio era una mentira, que esta fue una mala decisión y que nos va a costar mucho como país. La importancia de una oposición articulada capaz de argüir las falencias diarias de este mandato es lo que reflejará realmente un verdadero cambio. El de la forma de hacer oposición y la defensa del país democrático que tantos años nos ha costado construir.

agosto 11, 2023

Monarquia tropical

El contexto político del país se manifiesta en un tono completamente surrealista, bandeándose entre legalismos y realidades oníricas; y aunque se ha descrito, denunciado y varias veces diagnosticado, parece poco importarle al grueso de la población como síntoma de una posverdad delirante. Recuperemos la cordura. Ciertamente, frente al escenario confuso, unas veces apático, otras eufórico, estamos apreciando el empobrecimiento del debate político, sumidos en el enardecimiento de la opinión pública, cada vez más proclive a la radicalización y a la renuncia de los consensos, lo que sin duda facilita la división social en sectores. Otrora este mismo problema se manifestó entre realista y republicanos; rojos y azules; comunistas y capitalistas… y hoy se ha caído en el enturbiado debate de la izquierda y derecha.

En Colombia se está promoviendo un fanatismo político que cabalga sobre populismos vergonzantes cuyo principal síntoma es el caudillismo, soportado sobre la base de la negación, la paranoia y la cancelación (ciega, sorda, muda), menudo frenesí hacia la pérdida de la razón, cual hoyo negro que condiciona las demás áreas del saber (derecho, periodismo, pedagogía, historia, milicia…) entre otros, caminando hacia la desprofesionalización: dime tu partido político y te diré cuánto sabes, y que obliga a leer con mucha precaución y “pinzas” a quién escribe, desde dónde lo hace y con qué intención, agudo debate sobre la sobreestimación del saber político y su superposición sobre otras áreas del conocimiento. No olvidemos que las peores guerras han tenido como escenarios a sociedades extremadamente politizadas, donde reina el negacionismo y el fanatismo. Los políticos pueden andar sin yóquey, pero las sociedades no pueden perder los estribos.

La polarización y de ficticias e insalvables diferencias, es fácil olvidar en lo que estamos de acuerdo; y es que en el siglo XXI los problemas sociales son diferentes a los del siglo XX y, por ende, la praxis política también debe serlo. En ese falso dilema de las derechas y las izquierdas, se ignora lo elemental: que hay un interés de beneficio común en el que difícilmente discrepamos y que su mejor medidor son los hechos y no los discursos. Quizá por nuestra cultura negociante y habladora, inconscientemente preferimos los cantos de sirena por sobre los hechos, y gordianas discusiones sobre los medios y no los fines.

Así entonces, ¿requiere realmente la sociedad definirse políticamente entre dos o tres bandos? O será que la realidad no exige ropaje político, colores o banderas, sino que debe estar subordinada a lo inobjetable, lo fundamental: ¿acaso alguien duda de la necesidad de avanzar en la universalización y calidad de la salud o la educación? O de las acciones en contra de la corrupción; incluso de las medidas en pro de la corrección de la desigualdad; o del crecimiento sustentable de la economía; o de la modernización del aparato productivo; la promoción de la cultura y las artes; del desarrollo medioambientalmente sostenible; o de la necesidad de garantía de condiciones de seguridad para la vida, entre otros. Por supuesto que sobre esto hay más pragmatismos que discursos y nos han querido politizar todas las discusiones, incluso temas tan generales como la seguridad publica están excesivamente sobrecargados con precondicionamientos ideológicos y antitécnicos que minan e imposibilitan lo fundamental, y es la lucha contra el caos y la inseguridad.

Es fácil entender que en las sociedades se presenten debates y diferencias, propias del cambio de los tiempos (uso de drogas, sexualidad, modelos educativos…) que son naturales y que toleran el debate, el disenso y la polarización, pero esto no es óbice para que se totalice el debate y se pierda más tiempo ahondando en diferencias que solucionando problemas. Pensando en bloque y huyendo a lo relativo. Estos dilemas sobre la vida y las sociedades son cuestiones técnicas (estrategia, recursos, planeación…) y no necesariamente problemas políticos/ideológicos, muchos de ellos anquilosados, improductivos y estériles. ¿Pero las ideas siempre liberan? Ciertamente no, varios políticos están atados a ideologías y precondicionamientos que no les permite pensar con lógica pragmática y los lleva a tener una deuda con ideas y sectores particulares que los paraliza e impide consensuar y, sobre todo, ser flexibles para responder a los problemas del hoy y no a los de los libros de historia. Hay que huir de los líderes políticos apegados al manual doctrinario, que no ven que estamos en una sociedad contemporánea y global que premia el pragmatismo y los hechos.

En las redes sociales y aulas académicas de todos los niveles, es notoria la pobreza conceptual, en la que la inmensa mayoría no entiende nada, o casi nada, sobre conceptos ideológicos como la “derecha “o la “izquierda” (y todos los matices entre ellas). Y ni qué decir de argumentos con algún contexto histórico o teórico, aun así, su sola mención condiciona vidas, realidades y causa todo tipo de dramas políticos, familiares y sociales, ¿pero acaso alguien sabe qué implica y qué simboliza esto? O peor aún, ¿cuál es el significado concreto de esto en el siglo XXI? Ciertamente, es una discusión compleja, entre otras porque no son conceptos estáticos, sino que han experimentado cambios en el tiempo y hoy día son causa de extensos debates en las facultades de ciencia política e historia. Al final del día, muchas personas rasgan sus vestiduras por asuntos que no entienden muy bien y que condicionan sus entornos. ¿Pero vale la pena el mesianismo sin reservas? Por supuesto que no, por ejemplo, a lo largo de la historia se ha comprobado corrupción en líderes de todos los espectros políticos (porque es una condición humana y no partidista) y, aun así, el llamado y la acción contra la corrupción debe ser general, unívoco y permanente. ¿Acaso creer en una idea o ideología, per se, implica una purificación o satanización de una persona?

La aparente discrepancia entre el binomio teoría/pragmatismo está encerrada a una renuncia implícita del criterio, en donde se debe pensar en “bloque”, so pena de ser un “tibio” o incoherente; es decir, si crees en una cosa o causa debes aprobar todo lo demás. Pensar en “paquete”, si te gusta el ecologismo por inercia debes apoyar: el aborto; “resistir” marchando; el revisionismo histórico; el socialismo/comunismo; las causas insurgentes, el anticapitalismo… entre otras, so pena de ser catalogado como “facho” (otro concepto supremamente prostituido). Todo esto atenta contra el criterio y en particular a la opción de acordar en unas cosas y disentir en otras, a opinar con criticismo, evaluando cada situación caso a caso, una a una, entendiendo que la realidad es compleja y entrelazada y que la vida y las sociedades no se desarrollan bajo “paquetes” ideológicos o agendas preconcebidas, sino que la misma complejidad humana nos conlleva a que alguna idea-reforma nos guste y otra, no, sin que eso implique absolutamente nada malo o bueno. Escuchamos a gritos el reclamo por enseñar con sentido crítico, pero hay escándalo cuando se ejerce su uso libre y no condicionado.

¿Acaso importa la ideología? Es claro que la mayor diferencia puede estar en los fines; sin embargo, hay demasiada discrepancia en los modos. Al final, el pensamiento occidental nos ha conducido a reconocer valores comunes como el respeto a la vida; la salud y vejez digna, acceso a la vivienda, acceso a la educación, seguridad y en general reconocimiento y respeto por los derechos humanos y fundamentales. Sin embargo, al final parece que hubiera una diferencia insalvable entre las colectividades políticas y que la enemistad partiera de deseos completamente opuestos. Aun así, al revisar en detalle, muchas de las “insalvables diferencias” se sitúan en las formas y no el fondo. ¿Estamos más de acuerdo que en desacuerdo y nos negamos a admitirlo?

Resulta pues que es no solo válido, sino deseable, que las personas tengan un criterio diverso, sobre variados temas, incluso los más complejos y no por ser es “vendido” o “ambiguo” o mucho menos ignorante. Por ello es importante revindicar la posición de lo relativo y, de alguna manera, de lo intuitivo. Las ciencias humanas han transitado el último siglo del método estricto del positivismo al reconocimiento de las singularidades y las subjetividades. Sabido es que todos estamos condicionados por un grupo de características que nos determinan y que nos llevan a que algunas cosas nos parezcan bien y otras no.

julio 31, 2023

Negacionismo consanguíneo

Como Pedro con Jesús, Petro vuelve a apartarse de su hijo de la manera más cobarde.

Y enseguida cantó el gallo. Y Pedro se echó a llorar amargamente. Había negado a Jesús tres veces seguidas y moría de arrepentimiento. Primero lo negó delante de todos, después bajo juramento y luego maldiciendo. Cobardía que su propio maestro le había profetizado en la última cena, anticipándose a la puñalada de su apóstol y escudero.

Así tiene que estarse sintiendo Nicolás Petro. Hijo mayor de Gustavo Petro, capturado este fin de semana por presunto lavado de activos y enriquecimiento ilícito, convertido en el primer hijo de un mandatario en la historia de Colombia en ser detenido. Estando frente al sanedrín de la Fiscalía, es desconocido por su progenitor, quien le clava cobardemente el cuchillo. “Que reflexione sobre sus propios errores”, escribió en  X (Twitter), intentando apartarse de su primogénito y del juicio penal que se le avecina. El efecto es explosivo, devastador, expansivo. La frase es de una frialdad paternal pasmosa. Y, lo más grave de todo, va manchada de un severo juicio, con el que termina enlodando y hundiendo más a su propio hijo.

Al escribir su padre “que reflexione sobre sus propios errores”, está partiendo de la base de que Nicolás ya cometió un error. ¿No se supone que toda persona es inocente hasta que se le demuestre lo contrario? ¿Está admitiendo que su hijo cometió delitos? ¿Está diciendo que Nicolás Petro recibió millonarias sumas de dinero de exnarcotraficantes y exparas para financiar su campaña presidencial en la Costa colombiana? ¿Le cree más a su exyerna, la delatora Days Vásquez, que a la propia sangre de su sangre?

Por salvarse políticamente, Gustavo Petro intenta nuevamente desmarcarse del escándalo de su hijo. Ya lo había hecho hace unos meses con el “yo no lo crie”, echándole toda la culpa a la mamá y lavándose las manos de cualquier responsabilidad en la formación de Nicolás. Infamia que volvió a repetir este fin de semana, cuando lo invitó a “reflexionar sobre sus propios errores”, buscando desmarcarse del comportamiento de su hijo y salvar su propio pellejo. Pero Gustavo Petro sí tiene velas en ese entierro. Hace cuatro años, el Presidente presentó a su hijo como el candidato del Pacto Histórico a la gobernación del Atlántico. Aval para la gobernación que vino acompañado de un chorro de credenciales de supuesta buena educación: “Los invito a votar por la decencia”, dijo Gustavo Petro mientras levantaba la mano de su hijo en una tarima de Soledad, Atlántico.

Guiño familiar para su apóstol en la Costa que hoy parece olvidar el Presidente tras la captura de su hijo y ante una posible condena de 30 años de prisión. ¿Cómo puede ahora soltarle lamano, negarlo frente a la opinión pública, condenarlo anticipadamente por sus errores e invitarlo simplemente a reflexionar?

Instantes de desencanto, de negación paternal, dolor en las fibras más íntimas del alma de un hijo que se estrella una y otra vez contra la indiferente y áspera realidad. Trama de rabia contenida, camarilla de criaturas mezquinas, arrebatos de un padre que no disimula sus intentos de mostrarse seco, gélido, impávido y glacial. Estilo que contrasta con la candidez y cariño que profesó tras la salida de Irene Vélez y de Laura Sarabia, también por escándalos que bordean el Código Penal.

Y enseguida cantó el gallo.